¡Oh! Santísima
Virgen Niña, dulcísima María,
que desde temprana
edad te consagraste al Altísimo,
y le serviste con
fidelidad y amor,
que siempre te entregaste con fe y ardor
y por ello el Señor te lleno de gracias,
que viniendo al
mundo consolaste la tierra
que en Ti saludó
la aurora de la Redención.






