Conmovido con el
prodigio
del derramamiento de tus lágrimas,
¡oh misericordiosísima Virgen de Siracusa!
vengo hoy a postrarme a tus pies,
y animado con una sencilla confianza
por tantas gracias como has ido concediendo,
vengo a Ti, Madre pura y bondadosa,
¡Madre de clemencia y de piedad!,
para abrirte mi corazón.
